Atrás quedarán los sanatorios originados en fríos y dolientes claustros religiosos, para ser recibidos en espacios más optimistas y humanizados, centrados más en el paciente que en la enfermedad. En este ambiente, la persona comienza a dejar de ser un “enfermo que padece” y comienza a ser un “huésped que es atendido”.
El año 1929, a 29 km de la ciudad de Tukuru en Finlandia, el maestro del movimiento moderno Alvar Aalto proyectó el Sanatorio de Paimio. El edificio tardó cuatro años en construirse y su fin era asistir y rehabilitar a los enfermos de tuberculosis, en una época donde la penicilina todavía no se descubría y el único tratamiento contra la enfermedad era el aire fresco, el sol y el ejercicio suave.
Aalto puso especial atención en el ordenamiento del programa, procurando que la batería de habitaciones para los internos del bloque principal quedaran orientadas hacia el sur (correspondiente al norte en nuestro hemisferio) y separadas del resto de los recintos. En el último nivel dispuso una gran terraza abierta al magnífico paisaje de los bosques circundantes, que aprovechaba los esquivos rayos de sol escandinavo, maximizando sus propiedades curativas. Ahí se disponían más de 200 sillas tumbonas diseñadas por el propio arquitecto (bautizada como silla Paimio (1) cuya ergonomía recibía al cuerpo de modo tal que su posición facilitara la respiración del paciente y de ese modo hacer que el aire pudiera llegar de manera más eficiente a los pulmones.
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